Uvas criollas: la búsqueda de un sabor único en las copas

uvas criollas en argentina

¿Por qué hablamos de las uvas Criollas?En el camino del bebedor de vinos hay un par de etapas cantadas: primero, los lugares conocidos, como Burdeos o Mendoza; luego, las variedades renombradas, es decir Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Nebbiolo; y al cabo de las vueltas de la vida, pica la curiosidad por más. Es ahí cuando los terroirs remotos y las cepas poco conocidas encuentran almas sensibles dispuestas a sorprenderse.

Esos buscadores de originalidad están llevando adelante un movimiento global hacia vinos patrimoniales. Dicho en forma llana, hacia vinos que hablen de un lugar y cuyo estilo y sabor no estén en el resto del mundo. Un sabor único. Irrepetible. Ahí es donde el grupo de las uvas Criollas reverbera con especial atractivo.

Bajo ese nombre se conoce a un número ilimitado aún –porque no se las conoce a todas– de variedades de uva que se formaron en territorio americano por cruzamientos de otras europeas entre sí y por las combinaciones posibles de sus descendencias (por ejemplo, una criolla y una europea, o dos criollas). Algunas uvas Criollas son famosas, como pasa con el Torrontés Riojano –un cruzamiento entre Listán Prieto y Moscatel de Alejandría– que tuvo lugar en lo que hoy es territorio argentino hacia el siglo XVIII. Otras lo son menos, como la Criolla Grande, Cereza, Moscatel Rosado o Pedro Giménez. Finalmente, un puñadito de ellas apenas comienza a ser foco de estudio.

Salvo el Torrontés Riojano, que tiene vinos comerciales en el mercado argentino y de exportación, el resto asoman como alternativas patrimoniales en la góndola o simplemente como rarezas para paladares sensibles. El punto es que esa tendencia viene creciendo, ya no de la mano de la oferta, sino de la demanda: los wine geeks y los paladares jóvenes que exploran vertientes gustativas forman un nicho creciente. Y ahí es precisamente donde se vuelve necesario conocer más de uvas criollas.

El mundo invisible de las Uvas Criollas

Lejos de ser plantas perdidas en el escenario local, las uvas Criollas ocupan poco más de un cuarto de la superficie plantada en Argentina (60.000 hectáreas sobre 215.000). Como sucede siempre, fueron los mismos productores los que eligieron –igual que al Malbec– y plantaron las criollas a rienda suelta. Es que tanto la Criolla Grande como la Pedro Giménez, por citar dos ejemplos, son variedades productivas que se ganaron un lugar en el corazón de los viñateros por ser rendidoras y aguantadoras. Su cualidad enológica en esos rendimientos no siempre es la más deseada.

Pero ¿qué pasa cuando se las conduce hacia la calidad? Ahí es donde las piezas encajan y, con rendimientos más bajos y cuidados en el viñedo, son la base para vinos joviales y de un perfume distinto a los conocidos. Es, precisamente, cuando revelan un potencial que empieza a seducir a los paladares expertos y en busca de otras emociones.

En ese sentido, es interesante el trabajo que hacen, más allá del Torrontés Riojano, productores como Durigutti Winemakers, quienes exploran Cereza en sus vinos Cara Sucia. O el de Amansado con su Pedro Giménez Joven, y Lucas Niven para su Criolla Argentina. Tres vinos ligeros y de similar frescura y estilo de sed.

Cuán completo es el universo de las Criollas es algo que recién comienza a saberse. De hecho, el primer trabajo sobre material genético en estas uvas realizado en Argentina lo lleva adelante el ingeniero Jorge Prieto en el INTA desde 2011, cuando empezó a estudiar su ADN. “A la fecha llevamos descubiertas aproximadamente 50 variedades nuevas. La mayoría tiene como progenitores a la Listán Prieto (en Argentina llamada Criolla Chica) y al Moscatel de Alejandría”, dijo el ingeniero en un seminario organizado por Wines of Argentina bajo el título “The Criollas: Future wines from the past”.

En el trabajo de Prieto, incluso hay una variedad, la Criolla Nº1, que tiene como uno de sus progenitores al Malbec. Hasta ahora, está considerada como la que posee mayor potencial enológico. En las Primeras jornadas latinoamericanas de vinos y variedades patrimoniales, llevadas a cabo en la primavera de 2020, el ingeniero Santiago Sari del INTA apuntó sobre las criollas: “Las tintas y rosadas ofrecen pH similar o más bajo que el Malbec de Luján de Cuyo (lo que puede significar un alto potencial de guarda) e incluso algunas variedades como Canelón, Moscatel Rosado, Blanca Oval, Criolla Chica y Pedro Giménez se observaron como potenciales bases de espumantes”.

En los próximos años empezaremos a verlas más seguido.

Criollas Lost in Translation

La movida de los vinos patrimoniales, sin embargo, motivó el resurgir de otra uva que no es nativa, pero que lleva nombre de tal: la Criolla Chica. En rigor se trata de Listán Prieto, una variedad presumiblemente de Canarias difundida en toda América en época colonial. Fue el mismo paso del tiempo lo que la llevó a perder el nombre original –es conocida como País en Chile o Mission en EE.UU.– y a confundirse con las nativas en patios, parrales hogareños y viñedos perdidos en los valles montañosos.

A raíz de los estudios de ADN, como los que realiza Prieto, se pudo discriminar que no sólo no es Criolla sino que es una de las uvas progenitoras del resto. Por sus aptitudes enológicas, a la fecha es la que ofrece mayor cantidad de ejemplares embotellados, aunque su superficie es escasa: 359 ha.

Las palabras de Agustín Lanús, productor de los Valles Calchaquíes, corren para todas las Criollas cuando habla de la Criolla Chica. “Es nuestra, es rústica, noble, se adaptó a nuestra región desde hace cientos de años, por lo que nunca se enferma ni se hiela y está siempre entera”. Porque, más allá de la genética, el secreto está en que los productores la prefieren y cultivan.

Buenos ejemplares de Criolla Chica son Valle Arriba Criolla Chica, El Esteco Old Vines, Vallisto y Sunal Ilógico, todas de los Valles Calchaquíes, junto con las mendocinas Cadus Signature Series Criolla y Alpamanta Pet Nat además del Cara Sur La Totora Criolla Chica de Calingasta, San Juan.

Mientras que de Criolla Grande se pueden encontrar Paso a Paso, Vía Revolucionaria de Matías Michelini e incluso hay corte de Criolla Chica y Criolla Grande como Roca Madre.

Hay más, claro. Pero para empezar a descubrirlas y dejarse seducir por un sabor nuevo, alcanza con esta hoja de ruta.

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