María Florencia Freijo: “Es auspicioso que haya cada vez más mujeres en el mundo del vino”

día de la mujer

Las mujeres son cada vez más visibles y rompen estereotipos de género en el mundo del vino: son dueñas de bodegas, enólogas, agrónomas, trabajan en los cultivos, están a cargo de las operaciones comerciales, lideran investigaciones científicas, dirigen instituciones del vino y más. Sin embargo, todavía falta mucho para lograr la igualdad y la inclusión.

En ese sentido, Wines of Argentina reafirma su compromiso y, a través de Women of Argentina y con la adhesión de los Principios para el Empoderamiento de las Mujeres (WEPs) -la iniciativa de la ONU Mujeres y el Pacto Global de las Naciones Unidas para promover la igualdad de género-, concentra los esfuerzos en desarrollar estrategias para potenciar el rol de las mujeres en la industria.

Sin embargo, las dificultades a las que se enfrentan las mujeres se reproducen en todos los ámbitos, el mundo del vino no es la excepción. Este 8 de marzo convocamos a María Florencia Freijo, politóloga especializada en perspectiva de género y autora de los libros Solas, aun acompañadas (2019) y (Mal) Educadas (2020) (Planeta de Libros), para sumar voces que aporten a la reflexión en una nueva conmemoración del Día de la Mujer.

Día de la Mujer
María Florencia Freijo, politóloga especializada en perspectiva de género.

Día de la Mujer: nuevas miradas y aportes al debate

¿Qué pasa cuando son las mujeres las que están en el poder? ¿Son mandonas, histéricas, locas, soberbias y caprichosas?

La medida universal del éxito se da por quienes concentran riqueza, influencias y liderazgo. En este punto hombres y mujeres están incluidos/as. Lo que sucede es que si analizamos la representación de quienes están en esos puestos de poder, tanto a nivel privado como gubernamental, nos encontramos con que las mujeres no superan el límite del 20% como líderes o en la gestión pública. Esta es la razón por la que hablamos de que el éxito viste traje y corbata -atendiendo a los estereotipos de masculinidad-.

Dado esto, los puestos de Poder se desarrollan con las dinámicas culturales que proponen quienes participan en ellos. En este caso, como dije, los varones. Cuando las mujeres llegan a esos lugares, tienen dos opciones: sumar a su carga mental el romper con esas dinámicas -lo cual muchas veces generará un desprecio de su carrera profesional-; o dinamizarse y formar parte de esas lógicas.

Pero si además vemos el nivel de subestimación y discriminación que sufren las mujeres que están en esos espacios, es normal que haya situaciones de tensión con el entorno. Por supuesto que existen personas que ejercen mal el liderazgo, de forma despectiva. Pero también hay que analizar el fenómeno de cómo muchas de las que llegan tienen que imponerse con ferocidad para ser tenidas en cuenta como autoridad.

¿Con qué carga mental llegan a los puestos directivos? ¿A qué mandatos se enfrentan?

Con la carga mental de ser creíbles. Creíbles como personas capaces. Es tan duro si lo leemos así, pero es cierto. Se nos exige mostrar más créditos sobre el porqué llegamos ahí. ¿Cómo llegamos? ¿Lo merecíamos? Si alzamos la voz nos van a decir “¡Uy ésta que se cree!”. Si renunciamos al mandato de la maternidad o tratamos de compatibilizar tareas -lo cual es una farsa porque no se compatibilizan tareas, se suman a una carga destructiva de actividades- vamos a ser tildadas de malas madres o poco profesionales. Las barreras que atravesamos en el mercado del trabajo son infinitas y van mucho más allá de llegar a puestos de decisión y dirección.

¿Siempre se les exige más? ¿Qué falta trabajar en las organizaciones para que reconozcan a las mujeres en todos los ámbitos?

Sí. Esta reflexión está muy lejos de ser una opinión personal. Son vastos los estudios que refieren sobre los sesgos cognitivos a la hora de trabajar con mujeres. El sesgo es una creencia previa que se nos manifiesta como verdad aprendida y, por ende, se disfraza de objetividad. El sesgo se ha construido con años de formación y extensa literatura que ha indicado, hasta no hace mucho tiempo, que las mujeres éramos inferiores o más emocionales por el tamaño de nuestro cerebro. Algo ya refutado por los análisis científicos de los últimos 30 años. Pero todavía hay personas formadas en esas creencias y lo que es peor, no consideran que están formadas en ella.

Todas y todos -me incluyo- tenemos estos sesgos que hacen que una mujer con autoridad nos incomode. Le analizamos absolutamente todo: el tono de voz, cómo estaba vestida, etcétera. Pero al final de ese pensamiento decimos: “No estoy siendo machista, es la verdad” y ahí aparece lo que se llaman los “sesgos de confirmación”, recortamos la realidad de forma tal que se amolde a esta verdad que creemos.

La adecuamos para que nos confirme que lo que estamos diciendo de esa mujer es cierto. Es muy difícil salir, pero nos tendría que hacer ruido la barrera que aún hay para que las mujeres accedan a estos lugares de visibilidad. Porque incluso esta barrera se da en espacios donde hay altas tasas de representación femenina. Sindicatos en donde el 70% de sus integrantes son mujeres, pero en las cúpulas ¿quiénes lideran? Hombres ¿A nadie le hace ruido? ¿Cuántas artimañas más vamos a utilizar para justificar esto?

Día de la Mujer
(Mal) Educadas, el último libro de María Florencia Freijo.

Decís que la palabra “empoderamiento” pone a las mujeres en el lugar de “superpoderosas”. Pero que el poder es interno y radica en la certeza y en la tranquilidad de saber tener-se. ¿Podrías desarrollar estos conceptos?

La palabra empoderamiento tiene una trampa. Primero, ya está adueñada por el marketing, entonces tenemos una representación muy vívida de que el empoderamiento es ser la mujer orquesta: líderes, madres, usando taco aguja todo el día. La segunda es que no habla de los hombres. El mundo no va a cambiar si los varones no aprenden a reflexionar. 

Seguimos “empoderando” a las mujeres para que después sigan sin poder salir a la calle seguras, sin estar seguras en contexto de pareja, o incluso con sus compañeros de trabajo. Es demencial que se nos siga pidiendo “sentirnos poderosas” en una sociedad que nos dice que somos vulnerables.

¿Cuánto influye la educación que han recibido las mujeres?

Influye todo. La familia es la socializadora primaria, pero la educación no es solo la institución del colegio. La educación es mucho más presente por omisión. Omitimos que la industria cultural nos educa, los carteles que vemos en la calle, las noticias de violencia hacia las mujeres que quedan impunes. 

La educación influye en mujeres y en hombres. Hay muchos estudios sobre las diferencias que hacen las y los docentes con niñas y niños, sobre lo que se permite y lo que no a unos y a otros. Cuando vemos el Todo en la película, es realmente avasallante. Por eso mi segundo libro -(Mal) Educadas- analiza esto desde aquellos tiempos en los que las sociedades comenzaron a tener ciertos atisbos de organización política.

Hay quienes cuestionan la expansión del feminismo porque consideran que puede derivar en excesos despóticos. ¿Cómo observás esas críticas?

El feminismo encuentra sus primeras organizaciones formales desde el siglo XVIII, pero hay indicios de mujeres escribiendo sobre la condición de subordinadas desde el imperio Grecorromano. La primera vez que alguna mujer osó levantar su voz para defenderse recibió este cuestionamiento: ¿Y ésta quién es para querer ocupar el espacio de los hombres?

Hay mucha bibliografía sobre hombres hablando de “sus espacios” e incluso sobre mujeres de la política –como Eva Perón- que decían que las feministas queríamos ocupar el lugar de los varones. El problema es que el feminismo plantea quiénes tienen derecho a ser voces de autoridad, entonces busca desconcentrar el poder y hacerlo más equitativo no solo a otras mujeres, sino a grupos sociales marginados, porque tiene una visión que es superadora al binomio sexo-género.

Eso va a molestar siempre. El feminismo te abre los ojos sobre una realidad innegable pero muy incómoda para nosotras y, además, busca repartir de forma distinta los ámbitos de decisión ¿Quién cree que eso no iba a ser molesto?

La relación entre las mujeres y el alcohol sigue atravesada por muchos prejuicios: una mujer que disfruta del vino u otras bebidas puede “perder el control”; “soltarse”, ser considerada “fácil” o “poco decente”, etcétera. ¿Cómo desarticular todo eso y apropiarse del disfrute de las bebidas?

En el aspecto postindustrial del mundo vitivinícola, la participación de las mujeres ha aumentado mucho estos últimos 15 años. La contratación de mujeres enólogas, en los procesos de producción o como front manager de marcas, etcétera, es auspiciosa. Creo, por suerte, que es un ámbito en el que nos hemos apropiado del disfrute, sin lugar a dudas.

Lo que también creo es que hay que pensar en hacerlo a nuestra manera, “no como lo hacen los hombres” porque esto nos pondría una medida de comparación que no es adecuada.

Incluso el consumo de variedades se ha equiparado muchísimo. Antes las mujeres iban por vinos más suaves. Suavidad, sencillez, ligereza son conceptos que se vinculan automáticamente al mundo femenino.

Por suerte vamos descubriendo que no hay “mundos” relacionados al sexo, que éstos han sido inventados por la cultura y el marketing, y hoy podemos disfrutar un buen Cabernet Franc, en mi caso, mi variedad favorita. 

Te invitamos a continuar leyendo sobre vino argentino: https://blog.winesofargentina.com/destacadas/valeria-gamper/

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