La reinvención del Chardonnay argentino

La reinvención del Chardonnay argentino

“Argentina debe contarle al mundo más sobre sus Chardonnay”, sentenció la especialista británica Jancis Robinson durante los Argentina Wine Awards. Una frase que sorprendió a sus colegas extranjeros, pero no tanto al auditorio local. Y no por tratarse de un gesto orgulloso, sino porque los vinos de Chardonnay están, desde siempre, entre los favoritos de los argentinos, solo que para el mundo nuestro país es sinónimo de Malbec y grandes tintos.

Sin embargo, la frase de Robinson es más que acertada. En los últimos años, los blancos argentinos, y en especial los Chardonnay, se han beneficiado con la aparición de nuevos terruños de clima frío y de un manejo diferenciado de los viñedos. Por ejemplo, con cosechas más tempranas. De este modo, se reinventaron.

En este sentido, el Valle de Uco es la bisagra en la historia de la cepa, una categoría donde hasta hace muy poco se imponía el estilo Napa Valley de paladar cremoso y aroma a avellanas. Hoy la búsqueda es hacia vinos austeros y delicados. Pero no solo en los viñedos de altura está la respuesta. Regiones tradicionales de Mendoza o la Patagonia y otras emergentes también se suman al juego, y cada una propone su estilo.

Valle de Uco, el quiebre histórico

Consagrado por el estilo de sus tintos y la diversidad en materia de Malbec, el Valle de Uco tiene mucho que agradecer a las cepas blancas. En especial, al Chardonnay. Sus viñedos de altura, bendecidos por un clima seco y frío, sedujeron a muchos productores para mejorar la calidad de los vinos bases para espumosos. Inmediatamente comprobaron que la calidad obtenida merecía ser embotellada. Así, Tupungato y Tunuyán, los departamentos más elevados del valle, abrieron las puertas al nuevo estilo de Chardonnay local. “La altura del Valle de Uco asegura el clima frío necesario para lograr Chardonnay con aromas cítricos y florales y paladares súper frescos”, resume José Galante, enólogo de Bodega Salentein, considerado uno de los expertos en cuanto a este varietal en nuestro país y testigo de su evolución en estas tierras.

Galante coincide con todos sus colegas. La clave fue comprender que la altura ayuda a equilibrar el clima y, a la vez, a trabajar con la humedad relativa que esta cepa demanda. “En zonas más bajas, el clima es más cálido y seco. Hoy varios ya cultivamos a 1.600 metros de altura y las condiciones son óptimas. En época de cosecha, la temperatura máxima no supera los 28 grados. Esto asegura buena acidez natural y buena madurez sin que la planta se agote.”

Y las palabras del enólogo pueden ponerse a prueba en una infinidad de etiquetas que llegan principalmente de los viñedos de Gualtallary, Los Árboles y San Pablo, microrregiones donde el Chardonnay desarrolla todo su potencial. Para saborear estas definiciones, sobran los casos testigos, como Salentein Pr1mus, Escorihuela Gascón Pequeñas Producciones, Domaine Bousquet Grande Reserve, Lágrima Canela de Walter Bressia y los clásicos Trapiche Medalla y Angélica Zapata Alta, este último, piedra fundacional del nuevo estilo.

Chardonnay de ayer, hoy y mañana

Luján de Cuyo es cuna de grandes Chardonnay. De hecho, las uvas de muchas etiquetas tradicionales nacen en esta región. Estos viñedos, a una altura promedio de 940 metros, gozan de buena insolación, clima moderado a fresco y un hábitat seco. Sus suelos, también de origen aluvional, cuentan con una importante presencia de arcilla y limo, lo que define un perfil voluminosos y de buena estructura. La temperatura, unos grados por encima de la de los terruños de mayor altura, imprime una aromática tropical, con frutos de carozo maduros. Según Luis Barraud, enólogo de Viña Cobos y responsable del Bramare Chardonnay Marchiori Vineyard, “Luján de Cuyo cuenta con el estilo más clásico de Chardonnay argentino, graso y amplio con aromática profunda, vinos que tienen varias cosechas históricas”. Sin embargo, Barraud no reniega de la búsqueda de frescura que define al Chardonnay actual y, por esto mismo, suma: “En los últimos años, hemos cambiado el manejo de nuestro viñedo de Perdriel. Hoy lo intervenimos menos, con el fin de no acelerar la madurez, y hasta lo cosechamos antes”. De este modo, tanto Viña Cobos como las bodegas vecinas hoy logran Chardonnay elegantes pero con mayor tensión y acidez, que los hacen fáciles de beber. Entre los emblemáticos de Luján de Cuyo, no se puede dejar de citar Finca Los Nobles de Luigi Bosca, elaborado con uvas de una finca histórica de Vistalba, cerca de donde Fabre Montmayou cultiva las que destina a su línea Reserva, otro must de la zona.

El sur mendocino, más precisamente San Rafael, es otro bastión del Chardonnay. Allí, el clima fresco y la menor altura de los viñedos aseguran un entorno ideal para su cultivo, donde el estilo siempre fue clásico, con buen peso y sabor frutal. Hoy, algo más fresco, producto de una acidez más elevada, continúa entre los que los argentinos disfrutan. Las etiquetas que mejor expresan el terroir sanrrafaelino son Famiglia Bianchi, Alfredo Roca Fincas y el que embotella la familia Goyenechea.

Patagonia, el candidato menos pensado

Si bien el foco de las bodegas patagónicas está puesto sobre los vinos tintos de Malbec y Pinot Noir, el prestigio de sus Chardonnay crece a diario. “En la Patagonia, debemos aprovechar que cada provincia ofrece su estilo”, sostiene Marcelo Miras, enólogo de Bodega del Fin del Mundo y asesor de otros proyectos en la región. Según el experto, en cada provincia el clima y los suelos definen dos perfiles de Chardonnay patagónico. “En Neuquén, resultan vivaces y ligeros, ideales para beber jóvenes, mientras que en Río Negro son amplios y complejos, con potencial para la crianza y fermentación en barrica.” De todos modos, cabe destacar que en ambas provincias la tipicidad varietal y los paladares frescos son un factor común. Para comprender el carácter neuquino, se pueden buscar Saurus Select de Familia Schroeder, Mantra de Secreto Patagónico, Bodega del Fin del Mundo Reserva o el de Bodega Patritti. En cuanto a los rionegrinos, Bodega Aniello, en su línea 006, cuenta con una versión moderna y sofisticada, mientras que Miras ofrece uno fermentado en roble con estilo de viejo continente.

Olas y Chardonnay

Conquistar las costas del Atlántico es una nueva meta de la industria vitivinícola argentina. Es sabido que en cercanías del mar los blancos no tardan en dar buenos resultados, algo que Daniel Pi, chief winemaker de Trapiche, tiene claro gracias a la bodega experimental que el grupo posee en Chapadmalal, pequeño enclave vínico de la provincia de Buenos Aires, a pocos kilómetros de la costa. “El clima marítimo es ideal para las cepas blancas, y el Chardonnay es una de las que se destaca.” Si bien la producción aún es baja, las pocas botellas disponibles de este vino permiten apreciar un estilo muy singular entre los Chardonnay locales. Es amplio y graso, pero a la vez vivaz y cítrico, un combo que resume más de un perfil en la copa.

Con nuevos estilos detrás de vinos históricos, Argentina demuestra que aún le quedan muchos vinos para sorprender a paladares tan exigentes como el de Jancis Robinson. Y tal como aseguran los expertos, esto es solo el comienzo.

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