Gualtallary versus Altamira: ¿qué perfil ofrece cada uno?

En Mendoza, principal origen del vino del país, esto tuvo lugar en el Valle de Uco. En menos de una década, esa región al sur de la capital provincial alcanzó las 28.000 hectáreas, un 65% más que en 2005, y el límite de su cultivo pasó de los 1.100 a los 1.600 metros de altitud.

El protagonismo de este valle se explica a partir del carácter singular de sus vinos, que hoy dan que hablar dentro y fuera del país. Pero agrónomos y winemakers no se conforman con los resultados y exploran cada rincón del valle en busca de nuevos diferenciales. Una fascinación que ya cuenta con dos regiones que se erigen como los primeros Grand Cru del país. Son Gualtallary y Paraje Altamira, las microrregiones en auge que permiten comprobar que en Argentina la diversidad y la complejidad son un hecho. ¿Pero cuáles son las características de cada una de estas zonas?

Gualtallary, más que altura

Este rincón de Tupungato, desértico y rocoso, ofrece viñedos que trepan hasta los 1.600 metros sobre el nivel del mar. Aquí, en la máxima altura para el cultivo mendocino, las vides gozan de un clima más frío que en otras zonas de la provincia. Gracias a esto, Gualtallary es sinónimo de vinos frescos y tensos. No solo de Malbec, sino también de Cabernet Franc, Pinot Noir, Chardonnay y Sauvignon Blanc.

Sin embargo, el carácter de sus vinos no se explica únicamente a partir de la altura. El factor clave, a saber, es el perfil de sus suelos: aluvionales, pobres, pedregosos y con una importante presencia de carbonato de calcio y arena. Combo de atributos que permite definirlos como calcáreos y los emparenta con los de Borgoña y Champagne.

Esta combinación final de clima frío y suelos calcáreos da como resultado vinos intensos y a la vez elegantes. “El diferencial de los vinos de Gualtallary es la frescura, y esto se debe a la acidez que nos permite conservar el clima y que también aseguran los suelos de tiza”, explica Alejandro Vigil, chief winemaker de Catena Zapata, bodega responsable de cultivar las primeras viñas a 1.450 metros de altura en 1994.

A esta sensación de frescura, que algunos definen filosa y otros mineral, se suman buena estructura, concentración y una textura singular que se aprecia polvorienta en el centro de boca. Con este identikit, los vinos de Gualtallary logran imponerse con un perfil personal que en el caso del Malbec es ligero y profundo, con centro de paladar austero y final elegante, como las cosechas 2010 de Doña Paula Alluvia Parcel, Catena Zapata Adrianna Vineyard o Eggo Tinto de Tiza, de Zorzal Wines.

Entre otros tintos que se lucen, están los Pinot Noir, como Montesco Punta Negra 2013 y Rutini 2013, ambos con fluir sutil y envolvente. Los Cabernet Franc son otra apuesta fuerte, y entre estos se destacan Gran Enemigo Gualtallary 2010 y Riglos Gran Cabernet Franc 2011.

En cuanto a los blancos, la frescura lineal que aseguran estos viñedos se destaca en etiquetas como Sophenia Synthesis Sauvignon Blanc 2013 o Montesco Piel Sauvignon Blanc 2014. Pero, además, los resultados en Chardonnay pronostican un gran potencial. Para entender estas altas expectativas, un buen ejercicio es descubrir los que Catena Zapata embotella bajo los nombres White Bones y White Stones, ambos elaborados con uvas provenientes del mismo viñedo pero en parcelas diferentes, donde los suelos imprimen matices personales en cada caso.

Paraje Altamira, rompecabezas del Malbec

Que esta región sea reconocida con nombre propio es responsabilidad de sus vinos y viñedos. Ubicada a 1.100 metros de altura, en San Carlos, al sur del Valle de Uco, hasta hace poco era una zona dentro de La Consulta. Pero los estudios de sus suelos y de su clima, realizados por bodegas, enólogos y agrónomos, permiten que hoy ostente su propia Indicación Geográfica: Paraje Altamira.

“Altamira está en el corazón del cono aluvional del río Tunuyán, y esto nos permite comprender la heterogeneidad de sus suelos”, describe Sebastián Zuccardi, uno de los impulsores de la delimitación geográfica. Su aporte sirve para comprender que, durante miles de años, el agua que descendió de la montaña depositó diferentes minerales y compuestos en los suelos de Altamira. Hoy el lecho de este río seco forma el suelo de la viña, y su heterogeneidad resulta evidente. A muy poca distancia, la composición varía de acuerdo a la presencia de arena, limo, piedra y carbonato de calcio. “Los suelos de Altamira son calcáreos, aunque más pesados que los de Gualtallary, por eso los vinos resultan grasos y redondos”, suma Alejandro Sejanovich, winemaker experto en suelos y productor de los vinos Tintonegro, Zaha y Teho.

Es por esta complejidad escondida bajo el suelo de los viñedos de Altamira que los enólogos realizan prácticas y cosechas diferenciadas en cada parcela. “Nuestro trabajo es planta por planta”, enfatiza Zuccardi.

Al contar con numerosos perfiles de suelos, los enólogos individualizan cada componente y generalmente los microvinifican para comprender el comportamiento de cada parcela. Es así que, a partir de estas infinitas opciones, los vinos de Altamira son una especie de rompecabezas que los winemakers resuelven cada año. “Lograr la expresión de estos viñedos es un desafío, cada rincón brinda un perfil y todos juntos son la esencia de este terroir”, concluye Sejanovich.

Hoy los vinos más representativos de estas viñas son, en su mayoría, Malbec. El ícono de la región es Achaval Ferrer Finca Altamira 2011, con casi dos décadas de existencia. Su estilo estructurado, aligerado por una acidez vivaz y un medio de paladar jugoso, es una buena definición de lo que ofrece Altamira. En esta sintonía, se puede probar Zuccardi Aluvional 2011, Teho 2012 o el novedoso Concreto 2013, Malbec de la región elaborado en piletas de cemento. En todos se aprecia el perfil mineral en boca, que imprime textura de tiza en el centro de lengua. Por su parte, Alto Las Hormigas Appellation Paraje Altamira 2011 y Catena Zapata Nicasia Vineyard 2010 además lucen un perfil terroso que suma singularidad.

Con estas regiones como evidencia del potencial local para lograr vinos únicos y diversos, Argentina promete continuar sorprendiendo con exponentes irrepetibles en cada rincón de su geografía.

Foto: Finca Piedra Infinita– Paraje Altamira

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