Visitar bodegas para recorrer la historia del vino argentino

1 diciembre, 2015

Por: Alejandro Iglesias

Visitar bodegas en Argentina puede ser un plan temático. Están las que elaboran mejores Malbec, las que se enfocan en zonas frías o aquellas garajistas que trabajan con escala y primor humano sus vinos. Todas ellas son visitas posibles en nuestro país.
Pero existe otro programa, sin embargo, que permite hacer un viaje en el tiempo. Porque si bien, para la mayoría de los consumidores del mundo, Argentina es un país relativamente nuevo en la materia, para los conocedores de vino se comporta más bien como uno viejo. Y eso, porque a lo largo de un siglo y medio, que va desde 1850 a la fecha, la industria del vino hizo pie en los consumidores locales, que moldearon sus formas y estilo. Este hecho explica un par de cosas. La más importante para un viajero es que puede conocer bodegas con más de cien años de vida, como no las verá en otro lado en escala y formato. Y también puede visitar bodegas nuevas.

Entre ambos grupos, perfilan ese raro lugar que tiene Argentina en el universo del vino: ni nuevo ni viejo mundo. Por un lado, bodegas como Catena Zapata, Achával Ferrer, Zuccardi, Viña Cobos o Salentein, entre las más visitadas, que son casas modernas. Por otro, bodegas como Goyenechea, La Rural y López, que proponen un viaje al pasado. En plan de conocer y beber historia, estas son algunas de las que conviene resaltar.

Cien años no es nada

Próximas a los centros urbanos hoy, originalmente las bodegas fueron establecidas en las afueras de las ciudades. Aquella lejanía obligó a diseñarlas como colonias agrícolas. Cada una tenía una nave principal de fermentación, tonelería, aserradero y una caldera de vapor para generar su propia energía. Nacían como pequeños pueblos en el desierto de Mendoza o San Juan, que el avance urbano luego integró a la ciudad con las décadas.

Un caso testigo de esta evolución en Mendoza es Escorihuela Gascón. Ubicada en Godoy Cruz, a solo quince minutos de la capital, la bodega creada en 1884 por don Miguel Escorihuela conjuga tradición e innovación. En su edificio, de fachada colonial con grandes rejas y portones de madera, el atractivo principal son los inmensos toneles de roble ornamentados como marcaban las costumbres hace cien años. Recientemente puesta en valor, su cava es otro rincón que se debe visitar. Ubicada bajo la bodega, con techos abovedados de estilo bordelés, hoy se destina a la guarda y crianza de los vinos CARO, joint venture entre la familia Catena Zapata y el barón Eric Rothschild.

A pocos kilómetros de distancia, en Maipú, Bodega La Rural conserva su viejo frente, aunque en su interior es un moderno establecimiento. En uno de los espacios que conserva el diseño original, construido por Felipe Rutini en 1885, se puede disfrutar del Museo del Vino más completo del país. Una colección de 4.500 objetos, entre herramientas y maquinaria, que narran los inicios de la actividad vínica en la región de Cuyo.

Ahora, si se quiere comprender cómo eran originalmente aquellas ciudades vitivinícolas, lo mejor es emprender viaje hacia San Rafael. En este oasis, ubicado 230 kilómetros al sur de Mendoza, Bodega Goyenechea aún conserva la disposición original de sus instalaciones. Una oportunidad para ver algo de todo aquel pasado de esplendor: la fachada de ladrillo a la vista de estilo italiano, las galerías de toneles y las dependencias que ocupaban los operarios. Una de ellas, lo que antiguamente era la administración, hoy sirve de sala para el visitante, donde ofrecen picadas.

Fuera de Mendoza, el vino argentino también abre las puertas de su historia al visitante. En Río Negro, Humberto Canale representa el inicio de la vitivinicultura patagónica. Con galpones y viviendas distribuidos en forma de colonia vitivinícola desde 1909, la visita permite comprender los desafíos que implicaba fundar una región vitivinícola hace un siglo en estos rincones remotos. Del mismo modo, en Cafayate, Salta, la bodega Vasija Secreta con su museo familiar y Finca Quara con su arquitectura colonial y cava centenaria permiten imaginar los retos que enfrentaron los fundadores de la vitivinicultura de altura.

Siglo XX, cambalache

El comienzo del siglo XX representó, para la industria del vino, prosperidad y consolidación del mercado local. Con la población en crecimiento, la llegada de millones de inmigrantes y las líneas férreas como principal medio de transporte, tintos y blancos conquistaron cada rincón del país. Aquel crecimiento demandó ampliaciones y una acorde modernización tecnológica a las bodegas. Entonces, el diseño pasó a ser racionalista y eficiente.

En medio de este nuevo paradigma, nacieron muchas de las bodegas que el tiempo convertiría en favoritas de los consumidores argentinos. Varias siguen activas y con los años se han reinventado sin perder la esencia que las convirtió en clásicas.

Bodega López es quizá la mejor representación de estos casos. En manos de la misma familia desde 1898, este establecimiento, ubicado en el departamento mendocino de Maipú, produce algunos de los vinos más tradicionales del país. Sus etiquetas son elaboradas como en el siglo pasado, pero sin dejar de lado la tecnología que demanda la calidad. Su sello característico es la crianza prolongada en grandes toneles de roble, una práctica que fuera dejada de lado en las últimas décadas y que regresa de la mano de enólogos innovadores. De arquitectura tradicional, las piletas de cemento conviven con los modernos tanques de acero inoxidable. La cava familiar es, sin dudas, el rincón favorito de los visitantes. Allí descansan botellas de hasta ochenta años que, por extraordinario que parezca, están disponibles para la venta. Visitar esta bodega ayuda a comprender las particularidades del paladar local.

Otras que cuentan una historia similar, pero adaptada a los tiempos actuales, son Norton, Luigi Bosca y Trapiche. En cuanto al primer caso, ubicada dentro de Luján de Cuyo, en el distrito de Perdriel, acaba de celebrar sus 120 años de vida, tiempo que le sirvió para convertirse en favorita de los fanáticos del vino mendocino en el mundo. Quien visite sus instalaciones descubrirá la historia detrás de sus vinos en una arquitectura que tiene tantos cambios como giros dio el negocio en Argentina: de la vieja bodega original a la industrial y, hoy, a la detallista.

Luigi Bosca, la bodega de la familia Arizu en Luján de Cuyo, además de historia representa la transición entre los vinos pensados para el mercado interno y la búsqueda de los mercados internacionales. Su edificio es una vieja casona familiar de aires toscanos y una arquitectura austera de esencia inmigrante. Durante la visita, el viajero sentirá que la historia se respira en cada uno de los rincones, principalmente en su cava.

Hace tan solo cinco años, Trapiche, la bodega más grande del país, recuperó un edifico de 1912 para convertirlo en su espacio principal, donde la tradición es la consigna primordial. El estilo florentino de la fachada da cuenta de la intención de los bodegueros del siglo XX por mantener vivas sus raíces europeas. Ubicada en Maipú, sobre un viejo ramal de tren en desuso, ofrece un paseo en el que viejas maquinarias siguen activas. Un patrimonio histórico único en el país, así como sus piletas de fermentación recubiertas de azulejos, las galerías de adoquines de madera y los techos de caña y adobe.

Por su parte, la vitivinicultura sanjuanina también formó parte del éxito vitivinícola del siglo pasado. Desde entonces, la provincia se convirtió en el segundo origen para el vino argentino y sus bodegas, en protagonistas indiscutidas del mercado. Entre éstas, Bodegas Graffigna es un clásico que hoy invita a descubrir la historia de los vinos del sol en su Museo Santiago Graffigna. Junto a documentos históricos y viejos artefactos industriales, el recorrido rinde tributo a uno de los patriarcas de la vitivinicultura nacional, quien llegó hace más de un siglo al país dispuesto a formar parte de nuestra historia.

De modo que para hacer un viaje en el tiempo, además de ir a lomo de botellas hay que poner la brújula hacia las regiones vitivinícolas del país. Porque, unas al lado de otras, las modernas conviven con las viejas bodegas. Y entre todas hacen al perfil del vino argentino contemporáneo.

Fuente: http://vinologias.blogspot.com.ar/2014/05/templos-del-vino-graffigna.html






Alejandro Iglesias
Alejandro Iglesias (40), apasionado por la gastronomía y las bebidas desde que tiene uso de razón, en 2005 se recibió en la Escuela Argentina de Sommeliers (EAS) y desde entonces se ha desempeñado como cronista especializado en diferentes medios locales (Bacanal, Glamout.com, BeGlam, Magna, Wine+, Revista Joy, Clase Ejecutiva y otros) e internacionales (Revista Sommeliers de Perú, Revista Placer de Uruguay y Decanter del Reino Unido). Como docente de EAS dicta clases en Buenos Aires, Panamá y Costa Rica. En 2013 fue nombra director académico de curso de Sommelier Profesional de la Facultad de Química de Montevideo perteneciente de la Universidad de la República Oriental del Uruguay.




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