El auge de las variedades mediterráneas en los viñedos argentinos

variedades de uvas mediterrâneas

El vino es un fenómeno ante todo cultural: mientras que las modas dictan qué se lleva cada año, en el mundo de las copas los cambios toman otros tiempos pero están sujetos a situaciones de exploración y consumo. 

 

 

Mientras que Burdeos y Napa, eternos rivales estilísticos, marcaron la cancha de lo que está bien y mal en los últimos 50 años, lento pero seguro emergieron otras zonas del planeta con capacidad de establecer valores propios. Son la Borgoña, eterno faro para Chardonnay y Pinot Noir y las zonas frías, y el Ródano y el mundo Mediterráneo, que hoy ofrece un espejo en el que reflejarse con otros estilos de vino y zonas más soleadas.

 

En la última década, de hecho, el mundo Mediterráneo –como lo llamó el gran Fernand Braudel en su clásico libro de historia, que definió la región como un área cultural de intercambio– se convirtió en una fuente de inspiración para productores del cono sur cuyos terruños distan mucho de las vertientes frías y calcáreas de la Borgoña. Así, en particular el Ródano sur y AOC de la Costa Azul como Bandol, aportaron una cantera de nuevas ideas a los productores locales. Ya lo dijimos: al péndulo de un fenómeno cultural le sigue otro, y a la hegemonía de Burdeos-Napa le sigue la emergencia de otras regiones y estilos.

 

La luz que todo lo hace

El mundo Mediterráneo ofrece un nexo directo con los terruños de Argentina: la luz y los registros térmicos. Si para muestra basta un sorbo de vino, el área del Ródano Norte es una zona Winkler 3 y el sur Winkler 4, las mismas que la parte baja de Valle de Uco y Luján de Cuyo, respectivamente.

 

“Si lo pensás –dice Alejandro Sejanovich, quien embotella un Garnacha en Salta que cambia el paradigma Calchaquí y otras variedades mediterráneas en Mendoza– nosotros tenemos más que ver con esas áreas que con Burdeos o Borgoña”. El asunto es que los modelos varietales estaban sólo inspirados en estos últimos. Hasta hora.

 

De hecho, en el Valle de Uco y en el Este de Mendoza se plantaron algunas de las variedades emblemáticas del mundo Mediterráneo. Descartando Moscatel, Syrah y Viognier –que se cultivan de larga data en el país–, Garnacha, Mourvedre y Carignan, Marsanne y Rousanne junto con las italianas Greco Nero y Cordisco, fueron plantadas en la última década. “Son variedades adaptadas por siglos a esas condiciones,” dice Fernando Buscema, director del Catena Institute of Wine, donde están observando de cerca el potencial de la Garnacha, una de las variedades mediterráneas más famosas. 

 

En total, hablamos de unas 485 hectáreas plantadas de las que Greco Nero representa 345 y Cordisco 80. Es verdad: el resto son un puñado de hectáreas, pero los resultados son prometedores. Es que bajo los solazos del oeste argentino, el manejo de las uvas adaptadas a la luz y las altas temperaturas encuentran ventajas firmes comparadas con las borgoñonas y bordelesas. 

 

Los vinos argentinos se diversifican con variedades italianas

 

Beber otro estilo

“Estamos empezando a entender las virtudes que representan en nuestros terruños”, dice Mariana Onofri, cuyo proyecto ha hecho punta de lanza de algunas de estas variedades en Lavalle, al norte de Mendoza. En particular Carignan y Mourvedre, que ya tienen líneas comerciales. 

 

El punto es que, además de tener adaptación al terroir, ofrecen otros perfiles de vino. Pablo Durigutti elabora Cordisco para Proyecto Las Compuertas: “Me seduce el equilibrio de fruta y frescura con hierbas que aquí se consigue con baja graduación alcohólica”, asegura. El perfil recuerda a los vinos del Etna.

 

En paralelo, algunos vinos de Mourvedre buscan el estilo concentrado y jugoso de Bandol, en la Costa Azul. “Es lo que me encanta de esta variedad: madura, pero conserva frescura”, afirma Cristian Moore, que lo elabora en la línea Corazón de Sol como componente de un GSM, con uvas de Los Chacayes. Paladín de esta movida, sin embargo, es Ver Sacrum. Ellos dieron los primeros pasos con estas variedades, en particular la GSM en la misma sintonía.

 

Pero es en Garnacha donde más se ha avanzado, con 25 hectáreas cultivadas en zonas calientes y moderadamente frías. Y a la fecha hay una docena de vinos en el mercado que exploran esta vertiente.

 

Más allá de las escasas hectáreas y las pocas botellas disponibles, lo interesante del fenómeno de las variedades mediterráneas en Argentina es que en conjunto ofrece nuevos estilos de vino y una vanguardia de productores que explora otras vertientes. Para que sean una corriente central aún falta tiempo. Pero como sucede con todos los péndulos de la historia en el vino, es cuestión de esperar.

 

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