El encanto del Este mendocino

Este mendocino

Quienes estén familiarizados con Mendoza seguro habrán visitado varias de las regiones que a menudo vemos en las etiquetas de los vinos. Por ejemplo, Luján de Cuyo y Maipú, a veces llamadas en conjunto la «Primera Zona», son dos regiones bien conocidas por muchos. De allí provenía la mayor parte de los primeros vinos exportados desde Mendoza al mundo.

Hoy, estas dos regiones son reconocidas por sus viñedos centenarios, las bodegas más famosas, su tradición vitivinícola y, por supuesto, el Malbec. En cuanto a los vinos, se destacan los tintos intensos y maduros típicos del clima cálido pero cada una de sus subregiones propone estilos propios. Entre ellas, es común haber escuchado de Vistalba, Las Compuertas, Agrelo, Barrancas y Lunlunta, entre otras.

Luego, hacia el sur, se encuentran los viñedos de altura del Valle de Uco. Con un clima más fresco, estas regiones ofrecen vinos más tensos y vivaces. Conocidas hoy como las «nuevas» regiones de Mendoza, se destacan Paraje Altamira, Gualtallary, Los Chacayes, Vista Flores, Pampa El Cepillo y La Carrera. Son zonas emergentes en algunos casos, que reciben mucha atención con vinos que cosechan elogios.

Sin embargo, el verdadero motor de la vitivinicultura mendocina se encuentra lejos de estas zonas reconocidas internacionalmente. Hablamos del Este mendocino, una región que hoy recobra protagonismo con el auge de las cepas autóctonas.

Zonas del Este mendocino
Zonas del Este mendocino

El Este mendocino

Hogar de grandes productores y algunos novedosos proyectos de vinos boutique, esta región está ansiosa por demostrar su potencial a los consumidores más jóvenes. Estadísticamente, el Este de Mendoza es la zona de más extensión en términos de hectáreas plantadas. Pero la mayor parte de la producción de esta región se destina a calmar la sed de vinos de mesa del mercado domestico argentino.

El Este está formado por cinco departamentos principales y algunos satélites. Por mucho, el más grande es el de San Martín, con 28.423 hectáreas plantadas (INV, 2018), superficie que representa el 18.6% de la del total de viñedos en Mendoza. Para poner esto en contexto, es casi el doble del tamaño de Luján de Cuyo y, sin embargo, es completamente desconocido para los bebedores de vino argentino en el extranjero.

En tamaño le sigue Rivadavia, área en la que he pasado mucho tiempo, ya que se encuentra a poca distancia del viñedo que solía manejar en Lunlunta, Maipú (departamento vecino al oeste de Rivadavia), un encantador oasis de exuberante vegetación. Con 15.542 hectáreas de viñedos, Rivadavia es casi tan grande como Luján de Cuyo.

Más al Este aún,  y siguiendo el recorrido del río Tunuyán que se origina en el sur del Valle de Uco, se encuentra Junín. Con sus 11,477 hectáreas, es un importante productor de vinos para el mercado local. Si nos internamos más al este todavía, llegamos a Santa Rosa, un oasis en una región próxima a la ciudad de Mendoza. Una vez más, el río es clave, ya que suministra agua para regar unas 9.386 hectáreas de viñedos. Por último se encuentra La Paz, en el límite este de la provincia de Mendoza, que solo cuenta con 274 hectáreas de viñas a la altitud más baja de toda la provincia.

Desconocidas por muchos, estas regiones comienzan a llamar la atención del mercado por la diversidad de variedades autóctonas que podemos encontrar en sus viñedos y otras que fueron populares pero hoy no despiertan demasiada atención.

Qué uvas ofrece el Este mendocino

Bonarda, también conocida como Corbeau en su Francia natal, es la variedad tinta dominante con más de 8.200 hectáreas. Cepa de ciclo largo, disfruta de las condiciones cálidas, por lo que se adapta perfectamente a esta región. Muy valorada por tratarse de una variedad muy productiva, es la tercera uva más plantada de Argentina y con los años sus vinos se han convertido entre los más característicos del país. En este sentido, el Este de Mendoza está repleto de viñas viejas de Bonarda que ofrecen un enorme potencial para los mercados internacionales.

Aquí también se cultivan otras cepas tintas que prefieren los climas cálidos. Entre ellas Syrah, Tempranillo, Ancellota (una variedad italiana) y Aspirant Bouschet, una variedad de color muy intenso que a menudo se agrega a los vinos faltos de carácter.

Por su parte, la variedad blanca más extendida es Pedro Giménez, que no debe confundirse con la española Pedro Ximénez. El origen de la uva aún se desconoce, pero es probablemente una de las variedades de la familia de las Criollas, uvas nativas de esta parte del mundo. Esta deliciosa uva se usa a menudo como base para vinos espumosos, así como para vinos blancos para el mercado local.

Sin embargo, son las variedades rosadas las que dominan esta región de Mendoza. Cereza, Criolla Grande y Moscatel son las más plantadas, pero en los últimos años han visto reducida la cantidad de hectáreas.

Mientras tanto, muchos jóvenes enólogos se propusieron reivindicar estas últimas uvas con el ojo puesto en el mercado internacional. Por su piel clara pero extremadamente aromáticas, Cereza y Criolla son uvas ideales para elaborar vinos frescos para beber en verano, especialmente cuando están fríos.

Reconocidos enólogos como los hermanos Durigutti, Alejandro Vigil con sus selección de Bonardas para Enemigo Wines, Lucas Niven, Matías Morcos y Sebastián Garavaglia son algunos de los pioneros de este movimiento en la región. Mientras tanto, el Reino Unido ya recibe sus primeras importaciones de Pedro Giménez y Criolla Chica, mientras que Criolla Grande y Cereza se pueden encontrar en tiendas de vinos y restaurantes independientes. Seguramente seguirán más: es el patrimonio encantador del Este mendocino.

Viva the East!! #GoEast!!

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